Un token es una representación digital y programable de un valor o derecho. Su poder no es “ser cripto”, sino volver programables los activos y procesos financieros.
De “dinero en línea” a activos programables
Un token es, en esencia, un registro digital (en una blockchain o tecnología similar) que representa un derecho: acceso a un servicio, participación en una empresa, una fracción de un bono, o un dólar “envuelto”. La innovación no es solo digitalizar, sino programar condiciones (quién puede transferir, cuándo, con qué reglas), lo que promete procesos más rápidos, menos intermediación y liquidación casi instantánea. El BIS —el “banco de los bancos centrales”— describe la tokenización como la forma de registrar reclamaciones sobre activos reales o financieros en una plataforma programable, y plantea un “blueprint” de sistema financiero con dinero y activos tokenizados conviviendo en un “libro mayor unificado”.
Cuatro grandes familias de tokens (y por qué importan)
No todos los tokens son iguales. Reguladores y organismos han ido convergiendo en taxonomías útiles:
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Pago (p. ej., criptomonedas): buscan funcionar como dinero de intercambio.
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Utilidad: dan acceso a un producto/servicio.
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Activos/valores (“asset”/“security” tokens): representan derechos económicos (deuda, capital, etc.).
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Estables (stablecoins): buscan mantener paridad con un activo (p. ej., USD).
La FINMA suiza popularizó esta clasificación; allí los asset tokens se tratan como valores bajo reglas de mercado de valores.
En Europa, el reglamento MiCA (2023) creó un marco para criptoactivos (con categorías y obligaciones), marcando un hito regulatorio global.
¿Qué cambia realmente con la tokenización?
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Liquidación y eficiencia: la emisión, el registro y la transferencia pueden ser casi instantáneos y con menos fricciones. El BIS sugiere que la tokenización podría mejorar la infraestructura financiera, combinando dinero y activos en plataformas programables.
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Acceso y fraccionamiento: bajar tickets de entrada (comprar “fracciones” de activos) y ampliar el acceso geográfico. La OCDE destaca el potencial, pero recuerda que la adopción aún es limitada y requiere resolver barreras legales y técnicas.
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Transparencia programable: reglas automáticas en el propio activo (p. ej., whitelists, ventanas de negociación, límites). El WEF también lo apunta en su análisis de casos y beneficios.
Ojo: no es “todo vale”
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Estables ≠ dinero del banco central: el BIS advierte riesgos de estabilidad y “singularidad del dinero” con stablecoins privadas si no están bien reguladas.
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Protección del inversor: si un token es un valor, se aplican reglas de valores (divulgación, custodia, conflictos). La SEC publicó un marco (Howey) para analizar cuándo un criptoactivo es un valor, y su portal Investor.gov insiste en riesgos y due diligence.
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Estándares internacionales: IOSCO emitió 18 recomendaciones para que los reguladores apliquen el principio de “misma actividad, mismo riesgo, mismo resultado regulatorio”.
Los tokens no son una moda: son activos programables con potencial para hacer los mercados más accesibles y eficientes… si se construyen con buena regulación y diseño.